EL GRAN DISTRACTOR

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Denise Dresser REFORMA 04 Nov. 2019

Para alguien que se jacta de cuán bien va el país y cuán felices somos todos bajo su liderazgo, López Obrador ha resultado ser un Presidente perturbado.

Demasiado suspicaz, frecuentemente histriónico, presa de una peculiar paranoia que Elías Canetti describía como enfermedad del poder.

Un hombre que se fogueó en la persecución política del desafuero ahora exhibe sus cicatrices.

AMLO, habitante de un mundo conspiratorio donde los villanos triunfan y los héroes terminan asesinados o removidos del poder o víctimas de un golpe de Estado.

AMLO, presa de un delirio de grandeza que lo hace compararse con Jesucristo o Francisco I. Madero e imaginar que conjurará enemigos de la misma talla, obsesionados en acabar con él como lo hicieron con ellos.

AMLO imaginándose tan transformador como el hijo de Dios y anunciándonos que morirá así, en la cruz, moralizando a México.

Qué osadía de la prensa cuestionar la palabra del hijo de Dios.

Qué enjundia de la sociedad civil exigirle cuentas al heredero de Juárez. Qué traición a la Patria confrontar a quien es la reencarnación de sus figuras fundacionales.

Para un Presidente que se atribuye cualidades míticas no puede o no debe existir la crítica razonada o el periodismo inquisitivo o la oposición legítima o la deliberación pública y contestataria que caracteriza a todo régimen democrático.

Hasta el menor asomo de resistencia es interpretado como una herejía; hasta la pregunta más predecible en la mañanera se vuelve un atentado contra el Estado mismo.

Cuestionar a la Cuarta Transformación es tan impío como quemar la bandera o pisotear la efigie de la Virgen de Guadalupe o tomar el nombre de Dios en vano. Ante López Obrador no se vale dudar; es necesario persignarse. A AMLO no se le puede exigir; es necesario arrodillarse.

Comprensible entonces el estilo paranoide que permea su forma de hacer política.

Un Presidente que se percibe a sí mismo como totalmente trascendental piensa que inevitablemente los franquistas o los pinochetistas o los huertistas o los hitlerianos tratarán de frenarlo.

Su grandilocuencia lo llevará a urdir una amenazante y peligrosa resistencia.

Inventará huestes y cabalgatas y motines y polvorines y estampidas de conservadores empeñadas en quitarlo del pedestal sobre el cual él mismo se ha colocado.

Agitará la bandera de la izquierda indefensa acorralada por la derecha omnipotente.

Como si no fuera el Presidente más legítimo, más popular y más poderoso de los últimos tiempos.

Como si su partido no controlara el Congreso, como si no hubiera desacreditado a los pocos contrapesos a su voluntad, como si la oposición partidista no estuviera en peligro de extinción, como si el Poder Judicial no le besara los pies, como si Felipe Calderón y Vicente Fox no se hubieran convertido en una caricatura de sí mismos.

López Obrador actúa como un Presidente amenazado cuando es un Presidente cada vez más empoderado. Y lo que México debería temer no es un golpe de Estado a la 4T sino la colonización del Estado por la 4T.

Lo que México debería delatar no es el acorralamiento del Presidente por la derecha, sino lo que busca al diseminar una diatriba distorsionada.En vez de criticar la “Ley Bonilla”, AMLO quiere que denunciemos la intervención inminente de la CIA.

En lugar de diseccionar las presiones verdaderas detrás de la salida de Medina Mora, AMLO quiere que acusemos las presiones imaginarias de la -ya defenestrada- mafia en el poder.

En vez de desmenuzar el operativo fallido de Culiacán, AMLO quiere que clamemos contra el intervencionismo inminente del Ejército insatisfecho. En lugar de analizar cómo el gobierno amedrenta a la prensa, AMLO quiere que la censuremos por traidora.

Cuando López Obrador señala a los enemigos ficticios de su gobierno, distrae la atención de los enemigos reales de la democracia. Cuando López Obrador conjura a adversarios hipotéticos, lo hace para desviar la mirada de problemas reales.

El crecimiento cero y la tasa de homicidios y los desabastos del sector salud y la inviabilidad de Santa Lucía y el aumento en las adjudicaciones directas y la corrupción de Manuel Bartlett desaparecen del debate público.

Ese está dominado por las fábulas de alguien que prefiere usar su poder y su popularidad para enfrentarnos, en vez de unirnos.

Un Presidente que podría ser el Gran Demócrata pero prefiere ser el Gran Distractor.

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