Sexo, infanticidio y religión: las espeluznantes revelaciones de un diario secreto hallado en un antiguo castillo francés

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Cuando los nuevos dueños del castillo de Picomtal, en los Alpes franceses, decidieron renovar los pisos en algunas de las habitaciones de la primera planta, hicieron un descubrimiento notable.

En la cara inferior de los listones de madera (que solo quedaron a la vista cuando los levantaron para reemplazarlos) encontraron una serie de extensos mensajes escritos con lápiz.

Fueron escritos a lo largo de varios meses entre 1880 y 1881 y estaban firmados por un tal Joachim Martin.

Martin —se hizo evidente después— fue el carpintero que instaló el piso de madera para el dueño de entonces. Y, lo que dejó escrito, era una suerte de diario secreto destinado a ser leído mucho después de su muerte.

En sus 72 entradas —algunas más largas que otras, otras meramente factuales, otras cargadas de emoción— Martin relata sus pensamientos y reflexiones acerca de la vida diaria.

“Estas son las palabras de un trabajador común, un hombre del pueblo. Él dice algunas cosas que son muy personales, porque sabe que no van a ser leídas sino en un futuro muy lejano”, señala el historiador Jacques-Olivier Boudon, de la Universidad de la Sorbona.

Cuatro bebés enterrados
De hecho, es muy personal. El diario de Martin toca temas como el sexo, el crimen y la religión, y a veces una combinación de los tres, ofreciéndonos una visión muy íntima de los entretelones de la vida en la pequeña comunidad rural de Les Crottes, en las inmediaciones del castillo.

El episodio más impactante gira en torno a un infanticidio, una historia que parece perseguir a Martin aún 12 años después de haber ocurrido.

“En 1868 pasé, a la medianoche, por la entrada de un establo. Escuché gemidos. Era la amante de uno de mis viejos amigos que estaba dando a luz”.

Con el tiempo, la mujer dio a luz a seis hijos, nos cuenta Martin, y cuatro de ellos están enterrados en el establo.

El carpintero deja en claro que no fue la madre quien los mató sino su amante —su viejo amigo Benjamin— a quien Martin acusa de estar tratando ahora de seducir a su mujer.

“Este (criminal) está ahora tratando de arruinar mi matrimonio. Con solo decir una palabra y apuntar a los establos puedo mandarlos a prisión. Pero no lo haré. Él es mi amigo de la infancia. Y su madre es la amante de mi padre”.

Esto, explica Boudon, quien publicó un libro llamado “Los pisos de Joachim”, nos permite hacernos una idea de cómo eran las relaciones en el pueblo de una forma que ningún texto hallado en un archivo convencional puede contar.

Martin está horrorizado por los múltiples infanticidios, pero no piensa denunciarlos por las conexiones íntimas que hay entre su familia y la de su amigo, que además es su vecino.

El asesinato de los bebés era ciertamente un delito, pero es muy posible que en una época en la que no existían los métodos anticonceptivos, fuera una práctica extendida.

Los diarios de Martin dejan ver que en lugares como Les Crottes, el infanticidio era un tema tabú. La gente sabía que ocurría, pero nadie hablaba de ello.

Desahogo
Es muy posible que la presión por mantener el secreto fuera uno de los motivos que impulsó a Martin a confesar sus secretos en forma de diario, escondido de la vista de todos.

Otra razón que también pudo haberlo llevado a escribir era la furia que sentía contra uno de los sacerdotes locales.

La época en la que vivía Martin era una de grandes cambios.
Actualmente el castillo está abierto como hospedaje y sala de conferencias, recepciones y talleres.
La Tercera República de Francia se estaba asentando después de derrotar a los monárquicos, y en todo el país comenzaban a introducirse reformas que limitaban los poderes de la Iglesia.

Martin aprovechó estas reformas, sobre todo por su animadversión hacia el Abad Lagier, que él consideraba un mujeriego obsesivo que abusaba de los creyentes durante la confesión de sus pecados para obtener gratificación sexual.

En una de las tablas de madera Martin escribió: “Primero, me parece muy mal que se meta en nuestros asuntos de familia, preguntando cómo uno hace el amor con su esposa” (de hecho usa una palabra más vulgar).

“Quiere saber cuántas veces al mes”, dice el carpintero, y en qué posiciones. “Habría que colgar a ese cerdo”.

El edificio que ahora es el castillo comenzó como una simple torre de vigilancia hace 1000 años. Más tarde se convirtió en un fuerte. Y, a comienzos del siglo XVIII, pasó a ser una residencia privada.
Ese mismo día describe al cura como un muchacho joven, que está ahí, “coqueteando con las mujeres mientras sus pobres maridos cornudos tienen que quedarse callados”.

Según explica Boudon, es posible que el Abad Lagier se estuviese comportando dentro del marco de lo permitido al preguntarle a las mujeres sobre su vida sexual durante la confesión.

De hecho, dice el historiador, muchos curas en esa época lo hacían porque tenían el deber de convencer a las parejas de no practicar ninguna modalidad sexual que no favoreciera la concepción de un niño.

Lo que este episodio muestra es cómo este comportamiento de los curas generaba resentimiento y cómo contribuyó a que se generara un sentimiento anticlerical entre los parroquianos.

Les Crottes vs el Abad Lagier
Curiosamente, Boudon encontró más pruebas que corroboran las tensiones en Les Crottes entre el cura y la congregación.

En 1884, el viceparlamentario local recibió una petición para reemplazar al abad.

Se enviaron varias cartas para respaldar la petición y, una de ellas (que aún se conserva), estaba escrita por Martin.

Los firmantes argumentaban primero que el abad abusaba de las confesiones y daban a entender que su moral era dudosa. Y, segundo, afirmaban que era un médico extremadamente incompetente.

Cura y médico
Aquí surge otro dato fascinante sobre la vida en los pueblos. Resulta ser que muchos curas párrocos cumplían también la función de sanadores, para oprobio de los médicos.

Joachim Martin fue el encargado de renovar los pisos de este castillo medieval entre 1880 y 1881.
Pero el problema era que allí no había muchos médicos, con lo cual los curas se ocupaban con frecuencia de acompañar a los enfermos.

Martin y otros residentes no parecían tener en principio un problema con ellos. Su objeción era que, cómo médico, el abad no era bueno.

Otro hecho curioso es que los parroquianos no pidieron un cura católico en reemplazo, sino uno protestante, a pesar de que en el pueblo había muy pocos protestantes (de hecho la madre de Martin era una de ellos).

Esto demuestra, en opinión de Boudon, que las distinciones que la gente hacía entre catolicismo y protestantismo no era tan marcadas como se pensaba.

Dadas las circunstancias, la idea de tener un pastor casado (y por ello quizás menos libidinoso) resultaba bastante atractiva.

Un hombre sensible e inteligente
Sobre el autor del diario se sabe muy poco.
Joachim Martin nació en 1842 y murió en 1897.

“Feliz mortal. Cuando me leas, ya no estaré aquí. Sé más inteligente que yo entre los 15 y los 25 años, cuando yo vivía solo para amar, beber, hacer muy poco y gastar mucho”.
De joven ganaba dinero tocando el violín en las fiestas de pueblo.

Tuvo cuatro hijos. No se conserva ninguna fotografía suya.

Pero, según Boudon, el carpintero era, evidentemente, un hombre de una gran inteligencia y sensibilidad.

En su diario de madera, él le habla directamente al lector desconocido con la esperanza de que un día encuentre este tesoro.

“Feliz mortal: cuando leas esto, ya no estaré aquí”, dice en alguna parte.

Y en otra: “Mi historia es corta, sincera y franca, porque nadie más que tú verá mis escritos”.

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