Su nombre era Salman Abedi, tenía solo 22 años, era de origen libio y había nacido en la misma ciudad, Manchester, en la que hace apenas unos días decidió terminar abruptamente con su vida y con la de otras 22 personas en un brutal atentado.

Los que le conocían mejor decían que era un joven devoto y reservado, muy diferente por ejemplo a su padre, un trabajador del sector de la seguridad que acudía a menudo a la mezquita y siempre se mostraba muy crítico con el yihadismo.

Poco más se sabe del autor del peor ataque desde 2005 en Reino Unido, que cuando accionó el mecanismo explosivo también se llevó a la tumba decenas de respuestas que ahora las autoridades intentan resolver.

El fallo fue que se infravaloró su capacidad de actuar. Se le consideraba una “figura periférica”, es decir suponía una amenaza potencial, pero no se creía que pudiera ser una amenaza real en estos momentos.

Días antes del atentado, viajó a Londres y fabricó una bomba casera, de unos 10 kilogramos.

El día del concierto acudió con ella al Manchester Arena y se inmoló, llevándose por el camino la vida de dos decenas de personas.

Ahora la investigación policial se centra en determinar si actuó solo o si recibió ayuda.

La complejidad de la fabricación del explosivo usado invita a pensar que recibió asistencia y las autoridades ya han detenido a su hermano y a otras tres personas relacionadas con el ataque.

Mientras tanto Manchester entierra a sus muertos e intenta recupera la normalidad tras un atentado que ha conmocionado al mundo entero.

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