El Real Madrid es el nuevo campeón de Europa desde este sábado. Repite título. Y alza la que es la tercera Champions League en los últimos cuatro años. Todo un atracón de gloria. Y seguramente motivado por ello, la celebración de la Duodécima dejó la sensación de ser algo descafeinada. No por lo vivido este domingo, con el baño de masas en el Santiago Bernabéu, Ayuntamiento y Comunidad de Madrid, además de Cibeles. Pero sí por cómo se desarrollaron los festejos el mismo sábado tras la final.

En primer lugar, por renunciar a visitar a la diosa Cibeles nada más poner un pie en Madrid, como viene siendo costumbre. Como por ejemplo, tras las finales de Lisboa, Milán, la Copa en Valencia o La Liga en Málaga. La experiencia del año anterior tras la final de San Siro –aterrizando al amanecer-, junto con las dificultades logísticas que ofrecía la ciudad de Cardiff, desaconsejaron esos festejos.

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Pero si bien esa decisión podía obedecer a la fría lógica, no es menos cierto que la celebración en caliente sobre el mismo césped del Millenium Stadium de Cardiff, nada más escucharse el pitido final, también careció de vértigo y emoción. Sí de felicidad, obviamente, pero hubo poco de improvisada pasión. Casi todos los jugadores tenían en mente sus propios posados, mensajes y dedicatorias especiales de cara a las cámaras y las redes sociales.

Y especialmente, toda la plantilla quería poder celebrar el título con sus familias sobre el césped. Esa fue la petición al club y la organización, que acabó llevándose a cabo. Incluso desbordándose, puesto que al césped acudieron muchos más familiares de los que estaban previstos, además de otros tantos espontáneos que aprovecharon el desconcierto generalizado en las primeras filas con el pitido final.

La cantidad de personas congregadas en el campo, junto con los medios de comunicación acreditados allí presentes también, provocó que se originara una artificial ‘barrera’ de personas entre los jugadores y la afición. Lo que generó el descontento y la decepción entre muchos aficionados merengues situados en el fondo tras la portería. Porque no alcanzaban a ver a sus jugadores celebrando, y ni siquiera éstos fueron a ofrecerles la copa tampoco, entre el enjambre de personas y fotos conmemorativas que todos perseguían. Es más, desde ese sector madridista se escucharon incluso pitos y cánticos en contra para llamar la atención de los jugadores para hacer a los hinchas partícipes de la celebración.

Marcelo lo hizo, en un momento dado mucho tiempo después de haber recibido la copa desde el césped, pero no fue suficiente para algunos aficionados presentes en las primeras filas del estadio de Cardiff. Aun con el título y la gran final que les brindó el Real Madrid todavía presente en la memoria, hubo algunos que hubieran deseado algo más de participación después de las muchas penurias económicas y logísticas que supuso en general desplazarse hasta Cardiff.

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