Ciudad de México. En su gira electoral por el estado de Guerrero, Andrés Manuel López Obrador ofreció crear una Comisión de la Verdad para esclarecer de una vez por todas la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa, problema del gobierno de Enrique Peña Nieto que no ha digerido, a pesar de los disimulos, evasivas y medias verdades, o mentiras enteras, de varios de sus funcionarios que han naufragado rotundamente en la cuestión.

Cuestión que revive una y otra vez la persistencia admirable de los padres y de una sociedad civil, no sólo del estado de Guerrero, sino del país entero y más allá, que se siente engañada y burlada por los funcionarios que dicen representarla. De todos modos, ante tanto engaño buena parte de la sociedad ha sacado ya sus conclusiones: que el ejército mexicano tuvo que ver lamentablemente con esa “desaparición” o en ese crimen masivo de los estudiantes de Ayotzinapa, lo cual, entre otras cosas, explicaría la absoluta oposición del gobierno a que se hable del asunto con miembros de la milicia, y hasta el hecho no tan sorpresivo de que personalmente Peña Nieto se haya “desvivido” por halagar y reconocer las virtudes del ejército y de la armada mexicanas. Hasta un grado que muchos califican ya de superlativo, más allá de los merecimientos que puedan tener los distintos cuerpos del ejército de nuestros país.

Desde luego -argumentan también los partidarios de esta tesis-, porque el ejército mexicano sería además una de las poquísimas organizaciones con capacidad bastante y recursos técnicos para desaparecer a 43 cuerpos, aparentemente sin dejar huellas notables.

La “oferta” de López Obrador, que además de política es moral y de principios, ha sido recibida con gran simpatía en los medios directamente interesados en esta cuestión, pero además, de manera general, como un ejemplo positivo de lo que podría ser un nuevo gobierno mexicano, encabezado por López Obrador.

Hablando en parte con la misma lógica, algunos comentaristas han sostenido que la candidatura de José Antonio Meade, además de la variedad de significados que pueda tener, resultó un regalo caído del cielo para Andrés Manuel López Obrador, sí, por la experiencia política que se va claramente de un lado, y sobre todo en el plano de la competencia electoral en la que AMLO es reconocido no solamente por la experiencia, sino por su carácter persistente y de un candidato que va hasta el final de las contiendas con toda decisión. Y una de las mejores pruebas la vemos, entre otras, justamente en la propuesta de una “Comisión de la Verdad” para el caso de los 43 de Ayotzinapa, que en la línea oficial estaría muy lejos de originarse. Todo indicaría, por el carácter quasi litúrgico del seguimiento de sus planes políticos, que un gobierno priista persistiría en las ambigüedades, para decir lo menos, del gobierno de Peña Nieto.

Una palabra más sobre la candidatura del PRI de José Antonio Meade: todo indica que habrá una enorme deserción priísta con esta candidatura, y un abandono también importante de los perredistas y de otros partidos, o sin partidos, del centro izquierda. Y que esto no será compensado ni de lejos por los votos que se obtengan del PAN y de otras corrientes derechistas. En síntesis, la candidatura de Meade no parece haber sido el mejor negocio para el PRI, y sus derivados más favorables serán con toda probabilidad en favor de Morena. El más satisfecho con esta candidatura parece ser el propio presidente Peña Nieto, y su cúmulo de intereses de los que obviamente forma parte el José Antonio Meade. Históricamente, por lo demás, esta candidatura significa un corte abrupto y claro con una cierta tradición priista de carácter nacional y social. Algunos dirán que es mejor despojar a la política mexicana de cualquier disfraz o careta que disimule su verdadero significado. No estaría de acuerdo en este caso porque despoja al partido político que ha gobernado a México, con todos sus errores, durante casi un siglo, y le abre paso sin contemplaciones al neoliberalismo, que al menos en la retórica ha sido el polo opuesto del partido que ha gobernado a México durante tanto tiempo.

Todavía diremos que la división de los aspirantes a dirigir el país entre tecnócratas y políticos, tiene significados mucho más profundos que los que se presentan inmediatamente: en realidad se refieren a dos perspectivas del mundo profundamente opuestas. De un lado una noción del mundo simplificada, unilateral y excluyente, y por el otro una compleja, multilateral e incluyente que, al final de cuentas, integra las más variadas dimensiones de la condición humana y social. La noción tecnocrática estrecha por definición la idea del mundo, en cambio la política (no exenta por supuesto de tremendos peligros y falsedades), cuando es de calidad, tiende a ampliar esa visión, a convertirla en universal.

Decíamos que la candidatura de Meade en el PRI ha tenido múltiples efectos, no necesariamente favorables para ese partido: uno de ellos, decíamos, es la “renuncia” de amplios sectores del México “liberal” a continuar en la búsqueda de perspectivas para México dentro del PRI, y con mayor razón dentro del PAN. Por tanto, importantes sectores de la izquierda se suman ya formalmente a la candidatura de Andrés Manuel López Obrador manifestando su total desacuerdo con la búsqueda de perspectivas para México dentro del PAN o dentro del PRI.

Ejemplo claro de lo anterior lo tenemos en el caso de la corriente de izquierda dentro del PRD animada por Pablo Gómez y otros integrantes de ese partido que declararon hace apenas unos días que “el PRD ha perdido el rumbo”, al tiempo que manifestaron su “categórica oposición” a la realización de alianzas electorales, legales o de facto, con el PRI o con el PAN, acción que pretende avalar la cúpula perredista en su IX Consejo Nacional del domingo 3 de septiembre, con la aprobación del llamado Frente Amplio Democrático (FAD)”.

Creo que no hace falta mucho más para ilustrar nuestras opiniones arriba. La operación Meade, por diversos flancos, parece pues que fue entonces el auténtico tiro por la culata para el PRI.

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