El sismo que se percibió la noche del pasado jueves 7 de septiembre en parte del territorio mexicano, nos dejó distintas lecciones y retos para el futuro. Como población ¿en verdad estamos preparados para enfrentar fenómenos de esta naturaleza?

El movimiento telúrico se registró a las 23:49 horas con una magnitud de 8.2 grados en la escala de Richter, se localizó en el mar, aproximadamente a 133 kilómetros al suroeste de Tijijiapa, Chiapas, a 58 kilómetros de profundidad. El tiempo que tardó en sentirse desde el epicentro hasta la Ciudad de México fue de 135 segundos, explicó Xyoli Pérez Campos, jefa del Servicio Sismológico Nacional (SSN), es por ello que no tuvimos las mismas consecuencias que hace casi 32 años.

A pesar de que es el sismo más fuerte que ha vivido México en el último siglo y su magnitud y duración podrían haber sido suficientes para acabar con cualquier ciudad en el mundo, la distancia que recorrió fueron más de 650 kilómetros.

Estas condiciones permitieron que en la Ciudad de México se sintiera la tercera o quinta parte de intensidad de lo que se percibió en el terremoto de 1985, el cual tuvo su epicentro en las costas de Guerrero y Michoacán a no más de 400 kilómetros de la ciudad. Leonardo Ramírez Guzmán, jefe de la Unidad Sismológica del Instituto de Ingeniería de la UNAM, explicó que esta proporción se refiere a los niveles medidos de aceleración, no a la magnitud del evento, que es la energía liberada.

“Para este sismo las estimaciones iniciales indicaron que 50 millones de personas estuvieron expuestas al él, es decir, que lo sintieron; y aproximadamente 37 o 38 millones lo percibieron de manera moderada a fuerte”, detalló el investigador.

Después de que con el temblor se liberara una enorme cantidad de energía, Pérez Campos, aseguró que el fuerte sismo que se ha comentado por varios años que ocurrirá no fue el del jueves 7 de septiembre. El movimiento que se espera, que sería de magnitud 8, corresponde a la zona de las costas de Guerrero de una zona conocida como el GAP de Guerrero, una brecha sísmica ubicada en el océano Pacífico mexicano que tiene una extensión de 230 kilómetros. Éste tardaría en sentirse en la Ciudad de México menos de 80 segundos.

Frente a estas condiciones, los especialistas hablaron de las necesidades apremiantes para evitar grandes desastres:

Actualmente la alerta sísmica ha sido uno de los mayores logros, gracias al aviso previo de movimiento, sin embargo, Hugo Delgado, director del Instituto de Geofísica de la UNAM, señaló que para ofrecer este tipo de servicios de monitoreo y mantener las redes, se necesitan presupuestos para ampliarlas, operarlas y mantenerlas.

“Requerimos un apoyo importante para tener la capacidad en términos de recursos humanos para dar atención, procesar la información y que ésta llegue lo más rápido posible. Por ello, hacemos un llamado al Congreso de la Unión para obtener este apoyo y fortalecer los servicios geofísicos que opera la UNAM”.

Por su parte, Luis Álvarez Icaza, director del Instituto de Ingeniería de la UNAM, añadió que lo que se aprende de este tipo de fenómenos es que hace falta adecuar los códigos de construcción en los estados, lo que es una tarea pendiente.

Aunque la Ciudad de México es otra en materia de prevención de desastres naturales después del temblor de hace casi 32 años, al parecer aún no estamos preparados. Para ello el Centro Nacional de Prevención de Desastres, cuenta con un protocolo que cualquier ciudadano debe tomar en cuenta. Conocer las zonas de seguridad, rutas de evacuación y salidas de emergencia; cómo ayudar y a quiénes primero, debería ser el ABC para todo mexicano.

La ubicación de extintores, hidrantes, botiquines, interruptores de corriente, así como llaves de agua y gas, también es parte de un plan básico de emergencia. Fijar un punto de reunión familiar, la recopilación de documentos personales, tener una lámpara de mano, un radio de baterías, un cambio de ropa y agua, pueden hacer la diferencia.

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