Pablo Escobar está muerto. Y es entonces que los ojos de las autoridades se posan sobre el Cartel de Cali, que a la ausencia del Cartel de Medellín, se ha convertido en la organización más poderosa dentro del mundo del narco. Este es el contexto de la tercera temporada de la serie original de Netflix, Narcos.

En esta entrega, la calidad se mantiene, con esa mezcla de intriga política y thriller policiaco, con la guerra psicológica y moral de los personajes, tanto buenos y malos. Narcos es una inyección de adrenalina, al tiempo que arroja preguntas interesantes sobre la delgada línea entre el bien y el mal, donde el dinero es el elemento capaz de inclinar la balanza.

Cuando la temporada comienza, las cabezas de Cali se preparan para festejar su prosperidad. De hecho, organizan una súper fiesta donde asisten todos sus socios. Por su parte, el agente Javier Peña (Pedro Pascal) está de regreso en Estados Unidos, pero tiene un pequeño problema: extraña la acción, extraña Colombia y su lucha en contra de los “malos”.

Mientras Peña se niega a retirarse, los hermanos Rodríguez Orejuela y el resto de los jefes están planeando retirarse: en la mentada fiesta, Gilberto Rodríguez Orejuela (Damián Alcázar), anuncia que tienen un acuerdo con el gobierno para retirarse del negocio en seis meses; los miembros del Cartel cumplirán una pequeña condena y sus negocios legítimos quedarán intactos. Por supuesto, la DEA con Peña y un par de agentes nuevos no estarán dispuestos a dejar que los hermanos y el resto del grupo se retire así nada más.

Los personajes principales están muy bien trazados, pero aunque los malos son retratados como seres complejos la serie acierta en dejarnos claros que son unos monstruos, sobre todo cuando comenzamos a pensar que un personaje podría ser “buena onda”, de inmediato nos enseñan que el crimen sí paga, y que el dinero, el poder y la ambición son sumamente tóxicos, y que no son suficientes para llenar las carencias que existen. Aunque de pronto habrá por ahí alguno que buscará la redención (lo que será un game changer en la historia).

Podría pensarse que la serie es sumamente moralista, y aunque por momentos lo parece, pues finalmente es una batalla del bien contra el mal, los buenos no siempre son tan buenos, incluso… por momentos llegamos a pensar si es que existen. El agente Peña lo deja bien claro: A veces para combatir a los monstruos hay que aliarse con otros monstruos.

Así pues, los buenos suelen perder el control, tienen vicios, se desesperan y a veces deben jugar fuera de la ley para capturar a los malos. A veces deben volverse monstruos, y a veces, deben de combatir a algunos monstruos que tienen jugando del lado de su cancha, monstruos que sólo quieren velar por intereses económicos y políticos (el gobierno de Colombia y Estados Unidos), mismos intereses que suelen mover a los narcotraficantes.

La serie tiene algunas fallas como algunos diálogos acartonados lo que provoca que algunas actuaciones no luzcan, así que en lo general, resultan ser irregulares. Aunque sobresalen Alzcázar, Pascal, Matías Varela quien interpreta a un miembro del Cartel (Jorge Salcedo) y Chema Yazpik quien interpreta al Señor de los Cielos.

Por último, cabe añadir la disparidad de acentos que a veces suele sonar un poco extraña, y es que no sólo tenemos a estadounidenses hablando español, sino también a supuestos latinos con acento estadounidense cuando deberían ser colombianos o mexicanos tratando de imitar el acento colombiano. En realidad, nada grave, pero sí es de notar.

Es casi un hecho que Narcos tendrá una cuarta temporada y si todo viene siendo como hasta ahora, seguramente estará lista para el año que viene. Y es casi un hecho que la acción se centrará ahora en nuestro país (se deja ver al final de la temporada), la interrogante es sobre quién tratará… muchos han dicho que girará sobre entorno a la figura de El Chapo.

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