MONTREAL, Canadá.Mediados de julio en Montreal. El abrigo colgado sobre la maleta me recordó lo que evidentemente el sentido común no me había advertido: que también los canadienses tienen verano, por más que se congelen sus famosas cataratas y corran a las playas mexicanas cada fin de año.

¡Y vaya que hace calor!, por lo menos en esta isla de río, que a diferencia del quemante Manhattan, en Estados Unidos, tiene un dejo de humedad “caribeña” que o dilata las piernas o ajusta los pantalones, pero al final reduce las múltiples opciones de la moda a un par de bermudas y camisetas, mismas que echaba de menos en mi equipaje.

De cualquier forma, ese sol, que no cesaba hasta pasadas las ocho de la noche, me animó a recorrer aquella urbe, de personalidad elegante, que me hizo sentir menos incómodo con mi versión de turista vanidoso.

Anduve, sin que mis pies mostraran cansancio, por los pintorescos barrios de un Montreal muy europeo, hecho para caminarse, ya sea de forma tradicional, admirando su eclecticismo arquitectónico que forma contrastantes paisajes o por debajo del suelo, donde una red de 30 kilómetros de túneles conecta, entre tiendas, cafeterías y restaurantes, sus puntos más importantes.

Propias de una ciudad que cumple 375 años, aprecié construcciones antiguas, que devienen de las colonizaciones francesa e inglesa, de donde deriva también el bilingüismo de sus habitantes.

Anteriormente centro industrial y financiero de Canadá, Montreal no me ocultó esas zonas con enormes fábricas y almacenes que hoy están reconstruyéndose y reinsertándose al tejido social, como se hiciera alguna vez con el Viejo Puerto que se ha convertido en uno de los principales atractivos y espacios de reunión en la ciudad.

Con el corazón de un fotógrafo viejo, disfruté enormemente los motivos que me brindó la Plaza de Armas, en el Vieux-Montréal, que sobrevive dignamente embelleciendo el entorno en medio de enormes rascacielos, los que, a pesar de su majestuosidad, tienen prohibido opacar la altura de esa pequeña montaña que se levanta al centro, dando nombre a la localidad: Mont Royal-Monte Real–Montreal.

Nadie tiene permitido pasar la altura de ese cerro, en cuya cima, a 223 metros, se asienta ese pulmón verde que no puede faltar en casi ninguna metrópoli de Canadá, con un parque de 200 hectáreas diseñado por el mismo personaje que creó al neoyorkino Central Park.

Ésta y otras maravillas lucen durante los días de verano en la segunda ciudad más grande de Canadá; sin embargo, me parece que es por la noche cuando la urbe brilla con mayor intensidad.

Después del crepúsculo, aun con sus decenas de interesantes museos cerrados, es cuando el genio artístico de esta cosmopolita ciudad reluce más, sobre todo, este año en que, con motivo del 375 aniversario, los artistas no escatimaron en creatividad.

Así, esta cuna de tradiciones como el Cirque du Soleil y sede de más de 70 festivales anuales, entre los que destacan algunos de talla internacional, como el de Jazz, va iluminando fachadas, pisos, jardines y muros para proyectar, con luz y sonido, bombo y platillo, una visión muy futurista de ese amplio historial de anécdotas, personajes o acontecimientos que ha podido acumular.

Primero, caminando por las calles del casco antiguo, disfrute de una experiencia multimedia que de forma, a veces poética, y en ocasiones graciosa, me iba revelando memorias de la ciudad.

Cité Mémoire lleva por nombre este proyecto que hace de las fachadas de los rascacielos, de los árboles, de los estacionamientos o hasta del suelo, un artístico mural audiovisual, donde a través de una aplicación gratuita en mi celular me fueron contando acerca del año en que Montreal fue sede de la gran Exposición Universal, de sus estrellas del deporte, de sus problemáticas civiles o hasta de una rebelión encabezada por castores que antiguamente eran victimados para sacar de sus pieles costosos sombreros que usaban los de la alta sociedad.

Los destellos tecnológicos salían de rincones insospechados y hasta llegaron a profanar al templo más emblemático de esta comunidad, de por sí dividida entre católicos y protestantes: la Basílica de Notre-Dame, en cuyo interior viví una experiencia religiosa sin igual, a la que han dado el nombre de Aura.

Apenas postrado frente a esta obra arquitectónica, la expectativa se hizo tan grande como lo era la fila para entrar. Al interior del recinto, la oscuridad y los murmullos, que parecían rezos, no distaban mucho del ambiente habitual de una iglesia, sólo que nunca antes de ese momento, en ninguna otra ceremonia religiosa, había visto a tanta gente atenta a lo que pasaba en el altar.

De pronto se hizo la luz, con tal magnificencia y espectacularidad, que hizo temblar, todavía más, a las veladoras y estremeció hasta a los escépticos que no creíamos que un show adentro de un templo nos fuera a deslumbrar.

Con tremendos audiovisuales vimos llover, nevar, amanecer y hasta temblar al interior de la casa de Dios, como si quisieran mostrarnos todo eso de lo que es capaz. En los nichos y las columnas se sucedieron las cuatro estaciones del año y no faltó el diluvio y la inundación.

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