Los mineros del carbón y los trabajadores alienados se han impuesto a los sectores corporativos de Estados Unidos.

Con la salida del acuerdo climático de París 2015, el presidente Trump ha despreciado a las empresas más grandes de su nación. Gigantes corporativos como Exxon (XOM), General Electric (GE), Apple (AAPL), Microsoft (MSFT) y Alphabet (GOOGL) han instado a Trump a seguir dentro de un acuerdo que han firmado prácticamente todos los países del mundo. El CEO de Tesla (TSLA) Elon Musk ha dicho que dejará de asesorar de manera informal a la Casa Blanca por la decisión de Trump de retirarse del acuerdo. Las únicas empresas importantes que apoyan la medida de Trump son las energéticas dependientes del carbón y el petróleo.

“El acuerdo de París es muy injusto para Estados Unidos”, declaró Trump en la Casa Blanca el 1 de junio. Afirmó que el acuerdo impone “cargas financieras y económicas draconianas” a los Estados Unidos, y lo relacionó con la pérdida de cerca de tres millones de puestos de trabajo; una afirmación que los economistas ponen muy en duda. Trump ha dicho estar abierto a volver a entrar al acuerdo de París bajo términos diferentes, lo cual deja un margen de maniobra en medio del aluvión de críticas que sabe que recibirá por su decisión.

La salida del acuerdo probablemente no sea tan catastrófica para las empresas o el clima como parece indicar la acalorada cobertura mediática. El tratado de París se basa en la reducción voluntaria de emisiones de carbono, de acuerdo a las normas establecidas por cada nación. Los países pueden cambiar su normativa o simplemente no respetarla. En el mejor de los casos se aplicará laxamente. Y los incentivos del mercado para adoptar el uso de energías limpias están siendo cada vez más importantes, llegando en algunos casos a lograr que no sean necesarios los incentivos o mandatos gubernamentales.

Un dolor de cabeza para las empresas estadounidenses

Sin embargo, abstenerse de un acuerdo global suscrito por todas las economías desarrolladas supone un gran dolor de cabeza para las empresas estadounidenses. Las multinacionales quieren vender sus productos y servicios por todo el mundo, y para ellas es más fácil cuando su propio país sigue la misma agenda, ni que sea más o menos, que los países donde quieren vender. El acuerdo de París probablemente estimulará el gasto en nuevas tecnologías respetuosas con el clima, y las firmas estadounidenses también quieren un recorte. Saldrían perdiendo frente a firmas extranjeras cuyos gobiernos hagan más para cultivar tales tecnologías.

Al apaciguar a empresas de primera línea y a industrias históricas como la del carbón, queda claramente cumplida la promesa de campaña de Trump, en una muestra de solidaridad con los trabajadores atrapados en unas industrias del siglo XX que están en vías de desaparición. Aunque eso no servirá de nada para aumentar la demanda de una materia prima contaminante como el carbón, ni para crear puestos de trabajo en industrias que están cerrando sus puertas por la mera lógica del libre mercado. La combustión del gas natural es mucho más limpia que la del carbón, y cuesta casi lo mismo, en parte gracias a la revolución de la fracturación hidráulica en Estados Unidos. La energía solar no contaminante está produciéndose a un costo competitivo sin necesidad de inventivos gubernamentales. En estados como California, muchos municipios tienen sus propias razones para alentar el uso de energías renovables y combustibles limpios, independientemente de los deseos de Trump. Esta es la razón por la que Exxon y muchas otras compañías petroleras están a favor de los acuerdos de París: eso les ayuda a hacerse un hueco en un mercado energético en el que el carbono se está viendo reemplazado de forma lenta pero segura.

Seguramente Trump podría haber encontrado diversas formas para ayudar a la amenazada industria del carbón ‒fuertes incentivos federales para atraer a las empresas carboneras al país, pongamos por caso‒ al tiempo que mantenía bajo la protección del tratado de París a las firmas estadounidenses. Decidió no hacer caso de las súplicas de las corporaciones, sin que pareciera preocuparle que eso obstaculizara el crecimiento económico o se cobrará el costo de puestos de trabajo estadounidenses. En algún momento, los líderes empresariales deberán preguntarse, con toda razón, si Trump representa sus intereses o no.

Expectativas y realidad

Trump llegó a Washington impulsado por una plataforma favorable al sector empresarial, pero sus acciones en el cargo no han sido tan favorables para los negocios. Ha dejado sumidas en una profunda incertidumbre a las aseguradoras de salud y a otras empresas del sector médico, sin saber muy bien a qué situación deben hacer frente, tras prometer desmantelar la ley Affordable Care (Asistencia sanitaria asequible) sin presentar un sustituto. Las aseguradoras están saliendo de los mercados del Obamacare en los que no pueden ganar dinero, un problema existente antes de que Trump asumiera el cargo, pero que desde entonces se ha agudizado.

Trump ha amenazado a la industria automovilística con aranceles y otros castigos (y a los consumidores con unos coches más caros) si no crean más puestos de trabajo en Estados Unidos. Ha criticado a las empresas farmacéuticas por los altos precios de venta. Su amenaza de romper en mil pedazos el Tratado de Libre Comercio para América del Norte enturbiaría miles de negocios que confían en estas relaciones comerciales. También puede que trate de fijar aranceles para las importaciones chinas, tal y como amenaza con frecuencia, lo cual cortaría la cadena de abastecimiento de muchas otras empresas estadounidenses.

Desde la perspectiva de un director ejecutivo, todo esto se compensaría con la promesa de reducción de impuestos y desregulación, dos de las principales prioridades de Trump. La bajada de impuestos podría impulsar directamente la generación de beneficios para las empresas y, junto a esto, el aumento del valor de las acciones. La desregulación podría reducir el coste de las operaciones, lo cual es casi tan bueno como un aumento de los ingresos netos.

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